viernes, 11 de marzo de 2011

Oda pindárica a Miguel Grau (poema de José Gálvez B.)


“La oda es una composición lírica pero su tema es objetivo; una gran idea, un arrebato divino, una magnífica hazaña, un héroe representativo. De allí que el poeta abandone su recogimiento en sí mismo para elevarse a una esfera de grandeza exterior a un ephos particular en el cual expande su impetuosa vehemencia (…) La oda es “sencilla, con una belleza que está en la solemnidad de su desarrollo, en el ardor de su potencia verbal, en la luminosidad con que rodea al ser predestinado” (José Jiménez Borja, Tacna).
Proseguimos con la tarea de rescatar la literatura patriótica peruana, durante la guerra del guano y del salitre (iniciada por Chile), y después de ella. En esta oportunidad reproducimos un poema clásico de José Gálvez:

Frente al océano, ¡Oh, Grau!
semidiós lleno de bondad humana;
te evoco como un gran penante lírico;
y al evocarte,
¡Oh gran señor del mar!
Los mitos y los símbolos
florecen y se encarnan
en henchidas imágenes radiantes.
No son mentiras vacuas,
ni son fantasmagóricos alardes
esas figuraciones tutelares,
la leyenda, la historia y la gloria y la patria
que, por ellas, un hálito divino
infunde en lo pasado vida sacra,
y a las cosas que fueron las salvas del olvido;
un hálito divino,
que hincha las palabras,
como velas de barcos atrevidos
que van al infinito.

Puede la vida triste
irse como una sombra, pero quedan,
de las almas sublimes,
el resplandor y el eco
de vibración perenne, que rescata
en una sagrada resurrección,
a los hombres que encarnan,
en misiones eternas, ideal y abnegación…
Locura de poeta, creencia popular,
son las que captan el mensaje
que se vuelve a cantar,
cuando en la hora trágica
la carne de los héroes se hace polvo
y el alma vuela al cielo
para lucir, eterna,
como una estrella tutelar,
de esas que marcan
camino de la tierra para el mortal que pasa,
ruta celeste
para el mortal que ha de durar.
Y así ¡oh Señor de nuestro mar!
Al evocarte vienen, con nuevos atavíos,
las antiguas estampas.
No son mentiras, no, los símbolos:
la leyenda, la historia y la gloria y la patria.

Fuiste la encarnación del sacrificio.
Fuiste la encarnación de la esperanza,
y como Cristo
bien sabías que te sacrificabas.
Como a un gran corazón
iba hacia ti la sangre de la patria,
que su dolor sentía en tu dolor,
que por ti palpitaba,
y que confiaba en ti su salvación.
Tolo lo fuiste, todo, en un instante:
la epopeya, el ensueño,
la audacia y el misterio,
lo incomprensible y casi inalcanzable
con que esperaba redimirse un pueblo.
La Patria,
tú, tal vez como nadie, lo sabías
la forjan los que sufren, los que luchan,
los que se sacrifican;
que, en el surco del pueblo, el sacrificio
es la única semilla
que hace brotar la flor del patriotismo.
Tú fuiste así, por eso
son eternos tu nombre y tu recuerdo.
En la tremenda hora
de patriótica angustia,
ibas sobre las ondas,
como un ave silente,
en formidable empeño de aventuras,
desafiando a la muerte y a la suerte,
y tras tu frágil nave,
como un viento propicio,
iba el cálido aliento
con que seguía tu ilusión tu pueblo.
Nunca tuvo una estela
más luminosa un barco,
como la estela que dejó tu nave,
ni jamás las estrellas
alumbraron a un buque solitario,
de más pura y romántica osadía,
como al romanticismo de tu barco,
retoño nuevo de caballerías…

Viejos, niños, mujeres, tus campañas
seguían como en sueños,
y se echaban  al vuelo,
por tu nombre, las líricas campanas.

Señor de la sorpresa,
recorrías, impávido, las costas
enemigas. Absorta
te contemplaba y aclamaba América.
¡Flores de damas, ritmos de poetas
y hasta la vieja, indiferente Europa
depuso su soberbia ante tu gloria.
De las galeras que cantara Homero
de los pueblos reacios,
tu nave fue sublimación airosa;
veloz y silenciosa como un sueño,
caía como un rayo,
se iba como una sombra…
Ensoñación del mar, en flor de hazañas,
era mito, milagro, fantasía;
maravillosa
mezcla de caballero y de fantasma,
sorprendía, apresaba, combatía.

Tú eras la patria sobre el mar,
bajo el cielo
y más allá del horizonte,
y unías la leyenda y el cantar
al ejemplo,
como un nuevo Quijote.
Reflejo azul de una bondad divina,
por ti, la guerra roja tuvo;
hundías barcos y salvabas vidas;
aun al enemigo diste amor,
y, entre la sangre y la metralla, puro
pasaste, el alma erguida
por la mano de Dios.
Y como con la patria te uniste y te confundiste,
y eras un paradigma
de heroísmo sin par,
a tu lado tuviste gallardos paladines.

Pero la realidad te perseguía
acechando a tu ideal.
Duro el destino,
castiga y premia a los que osaron mucho,
los castiga en la carne y en la tierra
y en el tiempo fugaz,
y los premia en el alma y en la gloria
y les da eternidad.

Como tu par insigne, Bolognesi,
tenías que caer por nuestras culpas
y para ser ejemplo;
porque el Destino escoge
las víctimas más puras,
y así redime castigando pueblos
en el dolor de los que son mejores.

¡Tenías que caer!
Y en un dantesco círculo de fuego
se consumó tu sacrificio cruento.
¡Tenías que caer!
Como en un mito griego,
se hizo de sangre todo el horizonte,
y se alzaron como unos semidioses
los que contigo al holocausto fueron.
¡Tenías que caer!
Se hizo de sangre todo el horizonte,
pero el mar, como nunca, fue color de laurel.
(José Gálvez B.) 

De un libro inédito sobre Miguel Grau

1 comentario:

  1. TODO PERUANO QUE SE PRECIE DE TAL,Y QUE CONOZCA LA VIDA Y OBRA DE ESTE GRAN MARINO,NO PUEDE MENOS QUE CONMOVERSE ANTE LA PINTURA QUE DE ESTE HEROE HACE EL POETA,YO PERSONALMENTE AL LEERLA CASI DERRAMO UNA LAGRIMA ANTE TAN EXCELSA COMPOSICION

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